CONTRA LAS REFORMAS ESCLAVIZANTES
- editorialande
- 31 mar
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Este año se cumplió el 107º aniversario de la promulgación de la jornada laboral de las 8 horas en el Perú. Esta conquista no se logró por la mera voluntad del gobernante de turno, ni por el liderazgo o la gracia de los políticos de turno, ni por actos de vandalismo espontáneo como suelen describir los medios, sino como parte de un proceso en el que la clase trabajadora peruana inició su propia organización política, apoyada por militantes anarcosindicalistas, para constituirse como una clase independiente que lucha por sus propios intereses.
A más de cien años de esta victoria, vemos cómo las sucesivas crisis del capital han erosionado esta conquista, hasta el punto de que cada vez son menos las personas que realmente gozan de esta jornada. Las 8 horas de trabajo, 8 de recreo y 8 de descanso por las que lucharon los obreros en el siglo XIX hoy parecen una fantasía, sobre todo cuando existen trabajadores informales que laboran más de 12 horas consecutivas, no logran dormir más que unas pocas horas y prácticamente no tienen más entretenimiento que ver algún programa de televisión antes de dormir, si es que el tráfico no les consume unas 3 horas de su día. Como señalara un filósofo alemán hace más de 180 años: “Cuanto menos comas, bebas, compres libros, cuanto menos vayas al teatro, al baile […] cuanto menos pienses, ames, teorices, cantes, pintes, etc., tanto más ahorras, tanto mayor se hace tu tesoro al que ni polillas ni herrumbre devoran, tu capital. Cuanto menos eres, cuanto menos exteriorizas tu vida, tanto más tienes, tanto mayor es tu vida enajenada”. Lo peor es que hoy ya ni siquiera podemos ahorrar, ni siquiera se llega a tener capital. Cada día estamos más enajenados. Cada día somos menos.
Y este problema no se restringe a las fronteras nacionales peruanas, pues la crisis es internacional. Podemos ver el empeoramiento de las condiciones en nuestros países vecinos como si fueran profecías, malos augurios que nos indican el terrible futuro que nos tocará vivir. A menos que reconstruyamos la organización que permitió las conquistas de hace un siglo y que nos permitirá trascenderlas.
El caso más notorio es el argentino. Bajo el mandato de Javier Milei se ha aprobado una reforma que flexibiliza la jornada laboral al contemplar un aumento de 8 a 12 horas, manteniendo 48 horas semanales como máximo, y plantear que las horas extra serán acumulables, en la medida en que podrán compensarse con días libres o una reducción de jornada, pero no necesariamente con dinero. Aun así, no acaba todo: no solo las horas extras ya no serán pagadas, sino que se abaratan los despidos, se complica la negociación gremial, el derecho a huelga es limitado e incluso se busca reducir hasta el 50 % el sueldo si un trabajador se enferma o sufre un accidente. En otras palabras, se busca el desamparo absoluto en caso de no tener a un trabajador produciendo constantemente, empujando a la clase trabajadora a restringir sus actividades no laborales con tal de no “perjudicar” a los empresarios.
Si consideramos que el país cuenta con casi 6 millones de personas que no tienen derecho a cobertura de salud, licencias por enfermedad, indemnizaciones por despido ni aportes de jubilación; que entre los menores de 29 años la tasa de empleo informal alcanza casi el 60 % (y esta cifra es todavía más alta para las mujeres jóvenes, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos); y que se han desfinanciado las pensiones y los medicamentos de los jubilados, nos encontramos con un panorama atroz en el que las únicas salidas para la crisis galopante que atraviesa Argentina desde hace años consisten en poner sobre los hombros de los más vulnerables todos los pesares.
El gobierno de Milei ha reprimido duramente las masivas manifestaciones que han tenido lugar a lo largo de todo su mandato y en esta ocasión no ha sido distinto. Pero es importante recordar que este no es un fenómeno que haya empezado con su gobierno. La crisis también viene gracias a los sucesivos gobiernos peronistas, incluido el paréntesis que significó Macri, que llevaron a tener una enorme inflación y un aumento de la informalidad laboral. El descalabro absoluto de su gobierno dejó al país con una elección en la que la población tenía que escoger entre Milei y Massa, el MINISTRO DE ECONOMÍA de la inflación. El rechazo al gobierno empujó a un enorme sector de la población a apoyar a este personaje estrambótico y a su partido, La Libertad Avanza (LLA), pero no es solo la elección presidencial en la que el peronismo ha sido funcional al ahora oficialismo. Varios de los diputados y senadores que entraron con el peronismo han votado a favor de las medidas de LLA o son aliados directos de Milei. A ello se suman los sindicatos oportunistas que han decidido abandonar a sus representados, como es el caso de la Confederación General del Trabajo (CGT), el mayor sindicato y convocante de esta cuarta huelga general en esta legislatura, que ha pedido hacer paros laborales y no manifestarse.
Esta situación es una prueba más de que, sin una clase trabajadora organizada para defender sus propios intereses, la lucha será una seguidilla de derrotas. Partidos oportunistas como el peronismo solo buscarán culpar a los votantes por este descalabro sin aceptar nunca su importante rol en la crisis, y esto no porque les falte voluntad o porque no cuenten con poder político, sino porque sus intereses nunca estuvieron alineados con la población explotada.
Estas reformas laborales no son proyectos aislados, pues también se está discutiendo una en Ecuador. La propuesta plantea mayor flexibilidad en la organización de la jornada laboral para que las empresas apliquen turnos especiales o jornadas de hasta 12 horas diarias en casos autorizados. Supuestamente se mantendrá un límite de 40 horas semanales a partir de negociaciones y acuerdos entre empresarios y trabajadores, lo cual, como todos sabemos, nunca se da en posición de igualdad. En la práctica, la reforma busca aumentar las horas de trabajo totales. Además, se busca aprobar un recorte presupuestario en municipios y prefecturas que pone en riesgo unos 200 000 empleos.
Tenemos también el caso de México, donde se ha aprobado una reforma constitucional que reduce la jornada laboral a 40 horas semanales. A primera vista, parece una medida positiva que debe ser celebrada como un logro de los trabajadores, en un país donde se trabaja un promedio de 69 horas a la semana, y ha sido celebrada por algunas organizaciones de izquierda latinoamericanas. Sin embargo, lo que la reforma realmente hace es aumentar las horas extra semanales, mientras mantiene solo un día de descanso por cada seis de trabajo. De lo que se trata es de institucionalizar una “jornada elástica” que permite extender el tiempo efectivo de trabajo hasta las 52 horas semanales legales. En la práctica, también es un aumento en la explotación de la fuerza de trabajo, capitaneado por un partido izquierdista (Morena) y con apoyo de los sindicatos oficialistas.
Lo que el caso mexicano nos muestra de forma clara es que el embate contra los trabajadores no es obra solamente de partidos de ultraderecha abiertamente antiobreros, sino que también viene de parte de supuestos partidos o movimientos progresistas que dicen defender los derechos de los oprimidos. Morena ha presentado esta aprobación como un triunfo histórico, cuando en el fondo es una deformación de las propuestas iniciales que buscaban reducir realmente la explotación inhumana a la que se ven sometidos. En última instancia, es un ejemplo más del actuar de la izquierda del capital: aparentar apoyo para desmovilizar y reforzar las instituciones que benefician a la burguesía.
En los tres casos (Argentina, Ecuador y México) observamos cómo se busca que la clase obrera, aquella que se ve en la necesidad de vender su fuerza de trabajo, enfrente una situación en la que sufrirá una mayor tasa de explotación y situaciones desiguales en beneficio de sus empleadores. En ningún caso se trata de prácticas anómalas producto de la mala disposición de los gobiernos de turno. Más bien, independientemente de su posición en el espectro político de izquierdas y derechas, es evidente que se trata de un problema estructural del modo de producción en el que vivimos. Por ello “[…] en su desmesurado y ciego impulso, en su hambruna canina de plustrabajo, el capital no solo transgrede los límites morales, sino también las barreras máximas puramente físicas de la jornada laboral. Usurpa el tiempo necesario para el crecimiento, el desarrollo y el mantenimiento de la salud corporal. Roba el tiempo que se requiere para el consumo de aire fresco y luz del sol. Escamotea tiempo de las comidas y, cuando puede, las incorpora al proceso de producción mismo, de tal manera que al obrero se le echa comida como si él fuera un medio de producción más, como a la caldera carbón y a la maquinaria grasa o aceite. Reduce el sueño saludable ―necesario para concentrar, renovar y reanimar la energía vital― a las horas de sopor que sean indispensables para revivir un organismo absolutamente agotado […]. El capital no pregunta por la duración de la vida de la fuerza de trabajo. Lo que le interesa es únicamente qué máximo de fuerza de trabajo se puede movilizar en una jornada laboral”.
Este es el panorama que se nos presenta bajo el dominio del capital y que hoy en día es cada vez más evidente. La crisis que golpea a todo el planeta lleva a un empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora a nivel mundial, independientemente de su nacionalidad. Esta es una situación casi distópica en la que las reformas laborales se burlan de las históricas luchas internacionales por mantener un límite de 8 horas de trabajo. Luchas que se conquistaron con el esfuerzo organizativo y el sacrificio de miles de trabajadores que salieron a arriesgar sus vidas con tal de no perecer aplastados por la maquinaria productiva que enriquece a un sector minúsculo de la sociedad a partir del trabajo de las grandes mayorías.
Nuestro país no es ajeno a esta situación. Hoy ya contamos con miles de trabajadores con jornadas de 12 o más horas en el sector informal. Ya tenemos una situación extremadamente precaria para la gran mayoría de la población y aun así hay propuestas constantes de parte de los gremios empresariales para incrementar la jornada laboral, eliminar derechos laborales y mantener sueldos miserables, mientras sectores como el minero y la agroindustria mantienen constantes ganancias multimillonarias.
La única salida real con la que contamos los trabajadores es nuestra propia organización. En lugar de estar a la cola de los partidos políticos oportunistas que solo buscan ganar escaños cada 5 años, la clase trabajadora necesita luchar por sus propios intereses, siquiera para garantizar su subsistencia y evitar el hambre y la miseria que vemos día a día. La salida a la crisis no está en participar del circo electoral. Como nos muestra el ejemplo de la conquista de las 8 horas de hace más de un siglo, es solo con una organización autónoma que se pueden lograr conquistas concretas.





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